Aura, ópera en un acto, de Mario Lavista.
Basada en el texto de Carlos Fuentes
Aura (1962), novela breve de
Carlos Fuentes y texto fundamental de la narrativa mexicana contemporánea, se
ha convertido en una ópera. Por lo
general los compositores y libretistas suelen elegir para sus óperas personajes
fuertes y definidos, una línea narrativa clara, algunas vueltas de tuerca y un
final sorpresivo. En el caso de Aura, tales elementos están ausentes, lo
que ha hecho más complejo y a la vez más rico, el trabajo del libretista y el
compositor.
Como proyecto
integral, Aura tiene la característica fundamental de que, desde su
concepción misma, fue pensado para ser realizado por un equipo de creadores
específicos, elegidos por su afinidad con la idea original y con el estilo del
producto final. Con el libreto de Juan Tovar, la música de Mario Lavista, la
dirección escénica de Ludwik Margules y los diseños de Alejandro Luna, nos
adentramos en un mundo que es mitad real, mitad fantástico...
Felipe, un
joven y sensible historiador, es llevado por un anuncio clasificado a una
oscura y misteriosa casa en el centro de la Ciudad de México. Ahí encuentra a Consuelo, una anciana enferma que a
cambio de un muy buen salario le encarga la edición de las memorias de su
difunto esposo, el general Llorente. El joven acepta el encargo y accede a
vivir en casa de la anciana hasta terminar el proyecto. Poco después, en la
casa, Felipe conoce a Aura, quien aparenta ser la sobrina
de la anciana, y queda fascinado con ella. Poco a poco, los encuentros entre Felipe y Aura se alejan del mundo real y se adentran en la fantasía. Al
mismo tiempo, el trabajo de Felipe
sobre las memorias del general Llorente lo acerca a los secretos de la familia:
riqueza, poder, romance, amor... y locura. Al final, las imágenes de la anciana
Consuelo y la joven Aura se funden en un solo ser, y Felipe queda atrapado en una penumbra
entre la realidad y la fantasía.
¿Por qué intentar
convertir en ópera un tema aparentemente ajeno a las convenciones operísticas?
Desde el inicio, Mario Lavista (1943) se sintió fascinado por la atmosfera de
confinamiento creada por Carlos Fuentes, y por la manera en que fantasmas y
personajes de carne y hueso se mezclan en el tiempo y en el espacio. En esto
tiene mucho que ver el gusto y conocimiento del compositor por algunos ejemplos
de la narrativa oriental, donde se dan los mismos elementos: algunos cuentos
chinos y ciertas obras de Yukio Mishima. En el trabajo de Lavista sobre Aura
puede detectarse también influencia de Henry James, y de modo muy importante,
la de Francisco de Quevedo, a través de su poema titulado Amor constante más
allá de la muerte.
En cuanto al libreto, Juan Tovar se ha enfrentado al hecho de que Aura es fundamentalmente un texto no-verbal; de ahí la necesidad de crear diálogos que no existen, diálogos para ser hablados y cantados en la ópera. De común acuerdo, libretista y compositor han decidido hacer aparecer al difunto general Llorente como uno de los personajes de la ópera. Como consecuencia, se ha dado una equilibrada carga escénica: Aura como la personificación de Consuelo, y Felipe como la personificación del general Llorente.
Durante la
composición de Aura, Mario Lavista decía:
He pensado en una
ópera en un acto, con cuatro cantantes que deben ser muy buenos actores. Tengo
la idea de una ópera de murmullos y un poco de canto; una ópera en la que los
recursos vocales sean apropiados al tema de la historia y a la atmósfera. Creo
que el tema principal de Aura es la eterna expectativa del amor, la idea de que el amor
puede trascender a la muerte, y de que los amantes pueden encontrarse más allá
de la muerte.
Originalmente
Mario Lavista había pensado en orquestar la partitura de Aura para un
grupo de cámara, pero a medida que avanzaba el trabajo, las necesidades
dinámicas y tímbricas de su música hicieron crecer la orquesta. Sin embargo, el
compositor utiliza esta orquesta (quizá un poco al estilo de Gustav Mahler,
1860-1911) como un gran conjunto de cámara, con sutiles pinceladas de color
orquestal cuya finalidad principal es la de crear una atmósfera sonora, una
especie de bóveda musical cerrada, dentro de la cual han de moverse los
personajes. Formalmente, la ópera Aura está concebida como una unidad,
de principio a fin, sin la tradicional división tajante de arias, duetos,
tríos, etcétera. En este sentido, y en la importancia dada a los elementos
escénicos frente a los vocales, Mario Lavista ha tenido como modelo la ópera Pelléas
et Mélisande (1893-1895) de
Claude Debussy (1862-1918). Otro elemento importante en Aura es el
manejo del tiempo. En la narración original de Carlos Fuentes, todo ocurre en
el lapso de tres días y dos noches, pero en el libreto propuesto por Juan Tovar
no hay una división clara entre el día y la noche, sino un único continuo flujo
de tiempo y espacio, en el que los fantasmas pueden aparecer y mezclarse con
los personajes de la vida real.
Poco después del
estreno de la ópera (13 de abril de 1989), Mario Lavista realizó una paráfrasis
orquestal sobre Aura, que es una
secuencia de motivos y escenas del original operístico, y que incluye tanto
fragmentos puramente instrumentales como fragmentos vocales; estos últimos han
sido transformados por el compositor a una expresión puramente orquestal. Una
de las características principales de esta paráfrasis es el hecho de que se
inicia y termina exactamente igual que la ópera misma. La partitura de la
paráfrasis lleva como epígrafe esta frase de Quevedo: Polvo serán, mas polvo
enamorado. Al igual que la ópera, la paráfrasis está dedicada a Consuelo
Carredano, y fue estrenada en 1989 por Jorge Velazco al frente de la Orquesta
Filarmónica de la UNAM.
Juan Arturo Brennan

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