Horacio Franco, flauta; Víctor Flores, contrabajo
La dulce flauta dulce y el trabajoso contrabajo nos llevan en el desacostumbrado juego de sus contrastes por un recorrido que va de las austeras naves de los templos medievales hasta los salones humeantes del sabroso danzón, pasando por las cámaras de las danzas barrocas, paseo panorámico a lo largo de algunos de los mejores momentos de la música en manos de dos ejecutantes prodigiosos.
El programa Del Medioevo al Danzón trata por una parte de unir las posibilidades expresivas y técnicas de dos instrumentos cuyo desarrollo no tiene nada que ver ni histórica ni tímbricamente, pero que funcionan excelentemente bien para “narrar” una trayectoria que si les es común: La universalidad del lenguaje musical, y por otra, demostrar que la calidad y la efectividad de este lenguaje no solo le corresponde a un tipo de música.
En efecto la música -folklórica, clásica, o popular- es un reflejo de las sociedades en las que el hombre es protagonista y creador, mismo que a lo largo de los siglos ha demostrado que, independientemente de su credo religioso, circunstancia socioeconómica o posición de poder ha sentido siempre lo mismo y, aunque se han manifestado de modo crucialmente diferente, los sentimientos humanos no han cambiado y probablemente nunca cambiarán, por ello este hilo conductor, “la sensibilidad”, es la que nos permite poner una obra de Bach al lado de un danzón, sin que haya un rompimiento ni por el estilo de composición ni de ejecución, y mucho menos por el lenguaje propio de los instrumentos.
Nuestros instrumentos o nuestras almas, a fin de cuentas, no están regidos más por la razón que por la sensibilidad; por encima de cualquier prejuicio.

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