Don Porfirio, la música de su tiempo
Antonio Barberena, acordeón
Oaxaca, la
antigua Antequera, fue durante el Virreinato un lugar donde las tradiciones y
costumbres indígenas convivieron y perduraron sin grandes cambios desde la
época prehispánica. Dos grandes culturas habían florecido ahí desde tiempo
remotos: la zapoteca y la mixteca. Dos hombres ilustres habrían de nacer en
esta tierra con pocos años de diferencia y sus nombres se unirían
inexorablemente al de México para siempre: el zapoteco puro, Benito Juárez, y
el mixteco casi puro, Porfirio Díaz.
José de la Cruz Porfirio Díaz Mori nació en Oaxaca el 15 de septiembre de 1830. Su padre, José Faustino Díaz, descendiente de españoles, había trabajado en las minas, cultivado caña de azúcar y establecido en la capital oaxaqueña una posada llamada el mesón de la Soledad. De joven se enroló en la insurgencia bajo las órdenes de Vicente Guerrero, alcanzando el grado de mariscal. Fue un devoto católico hasta su muerte, cuando Porfirio tenía apenas 3 años.
Mixteca fue su madre, Petrona Mori, hija de un español y una mestiza oaxaqueña, y quien al quedarse viuda se hizo cargo del mesón para sacar adelante la familia.
Comenzó su educación a los 6 años asistiendo a la escuela municipal, donde aprendió a leer y escribir, y debido a la gran religiosidad de sus padres, su padrino de bautizo le permitió ingresar al seminario a los 13 años, cursando estudios de latín, matemáticas, ética, filosofía y teología. Tres años más tarde obtuvo una capellanía.
En 1846 se presentó el estallido final de la guerra contra Estados Unidos y el espíritu patriótico se apoderó de varios jóvenes seminaristas oaxaqueños, Porfirio incluido, al grado de ofrecer sus servicios al gobernador de Oaxaca para formar la guardia nacional. Fue ese el momento en que sintió poderosamente el llamado por la vida militar, que se convirtió en poco tiempo en su pasión. Una época decisiva.
Tiempo después lo invitaron a dar clases de latín al hijo de Marcos Pérez, profesor de Derecho del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, centro de formación de las élites liberales oaxaqueñas, y este personaje lo presentó con Benito Juárez, recién nombrado gobernador. El contacto con sus ideas deslumbraron y abrumaron al joven seminarista a tal extremo que entró en conflicto consigo mismo, y contra los deseos de su madre y padrino, abandonó la capellanía y su vida eclesiástica para inscribirse en el instituto y cursar la carrera de Derecho.
A los 19 años combinaba sus estudios con trabajos de medio tiempo, como asistente de tendero, zapatero y carpintero, además de librero y profesor sustituto en su escuela. También por esos años se dedicó a cultivar su cuerpo con ejercicios de gimnasia, logrando un notable desarrollo físico y gran agilidad. Esta vitalidad lo acompañó toda su vida.
El año de 1853 trajo grandes cambios políticos para México, pues la ascensión de Santa Anna a la presidencia de la República provocó un choque frontal contra los intereses de los liberales oaxaqueños, lo que redundó en el encarcelamiento de Marcos Pérez y el exilio de Benito Juárez. Un año después sufrió en carne propia esta represión, pues se negó a apoyar el régimen santannista durante un plebiscito en el Instituto de Artes y Ciencias, por lo que se le dictó una orden de arresto. Ante esta situación se vio obligado a huir de la ciudad y, adherido a la rebelión de Ayutla, comenzar una nueva etapa de su vida convertido en guerrillero.
En 1855 se le presentó su primer enfrentamiento militar en la batalla de Teotongo, pero el régimen santannista no resistió demasiado y se derrumbó a mediados de año y al poco tiempo regresó Juárez de su exilio, nombrando a Porfirio jefe político del distrito de Ixtlán.
La llegada de los liberales al poder no trajo estabilidad política al país, ya que la promulgación de la Constitución de 1857 y su inmediato desconocimiento por el presidente Comonfort ocasionaron una grave crisis política que detonó una nueva guerra civil: la guerra de Reforma, de la que Porfirio no fue ajeno, pues luchó contra los conservadores, primero en la toma de Oaxaca y luego como gobernador militar del departamento de Tehuantepec, donde permanecerá hasta finalizar el conflicto en 1860.
Su estancia en el Istmo le trajo momentos de duro aprendizaje y es clave para entender sus futuras actuaciones, tanto en la vida pública como privada.
Por un lado, aprendió importantes lecciones sobre administración pública, enfrentando la compleja rivalidad entre las poblaciones de Tehuantepec y Juchitán. Se dio cuenta que para poder gobernar tenía que establecer una reputación de rigidez y crueldad, combinada con generosidad y valentía. Se mostró afín a la figura de caudillo, patriarca y patrón. Respetaba las costumbres y tradiciones locales indígenas, aunque compartía la visión liberal que éstas constituían un obstáculo para su progreso material y social, de manera que la misión fundamental era liberarlos de la ignorancia. Díaz estaba del lado del progreso. Sin embargo entendió las causas de la resistencia comunitaria y siempre estuvo preparado para negociar y convencer, en lugar de forzar. Como un cacique indígena ejerció el mando paternalmente.
También en el Istmo Porfirio conoció a una mujer enigmática, cuyo recuerdo lo acompaño toda la vida: la célebre Juana Cata, con toda seguridad su informante y con quien muy probablemente tuvo un relación sentimental. Juana Catarina Romero era una india zapoteca, que un viajero francés de la época (Bresseur) describió como “... de piel bronceada, joven, esbelta, elegante y tan bella que encantaba los corazones de los blancos”. Algunos decían que estaba loca, otros que era bruja, unos y otros la temían y respetaban. Era autoridad indiscutida del Istmo, cacica dulce y firme, venerada por el pueblo.
Porfirio tuvo presente toda su vida a aquella auténtica “doña Porfiria”. Nunca los unió un amor romántico sino un vínculo de identidad, un mismo sentido del mando. Para ambos la autoridad no fue una pasión, fue su religión.
El 22 de diciembre de 1860, los conservadores son derrotados en la batalla de Calpulalpan y de esta manera termina la guerra de Reforma. Porfirio entra en la ciudad de México el 4 de enero de 1861. Es la primera vez en su vida que sale de Oaxaca. Había librado ya 12 batallas. Juárez exclamó: “Díaz es el hombre de Oaxaca”.
Parecía que después de esta cruenta guerra civil nuevos aires y una luz podrían iluminar finalmente a México, pero se avecinaban nubes que presagiaban nuevamente grandes tormentas.
Díaz regresó a Oaxaca y descubrió que fue nombrado diputado local, sin haber sido consultado siquiera. Su participación en la Cámara fue poco duradera ya que se incorporó de nuevo a su vida militar y a los campos de batalla, consiguiendo ese mismo año el grado de general.
Cuando Juárez regresó a la ciudad de México para proseguir con sus funciones de presidente de la nación, encontró la hacienda pública en bancarrota, por lo que suspendió los pagos de la deuda externa, situación que molestó a los principales acreedores, España, Inglaterra y Francia, y motivó la intervención de una flota armada contra el país deudor que atracó en el puerto de Veracruz. Tras gestiones diplomáticas las dos primeras se retiraron, pero Francia se negó a abandonar el territorio y en marzo de 1862 hizo traer soldados al mando del conde de Lorencez.
El 5 de mayo de 1862 se enfrentaron en Puebla a las tropas nacionales al mando de Ignacio Zaragoza, con la consabida victoria mexicana, logrando hacerlos retroceder nuevamente a Veracruz. Muchos ignoran que en esta gesta Porfirio tuvo una participación valerosa y determinante que fue destacada en el parte de guerra que envió Zaragoza a Juárez, donde alabó “el empeño y bizarría del ciudadano general Díaz”.
Pero el emperador francés Napoleón III no se arredró ante este derrota y envió de nueva cuenta más tropas a tierra mexicana, con la intención de imponer un imperio en América capaz de frenar el avance de Estados Unidos, por lo que una vez más sitian Puebla y esta vez triunfan al mando del gral. Forey el 3 de abril de 1863. Los principales militares mexicanos son capturados, entre ellos Porfirio, y tras ser encerrado en un convento de Puebla cuando iba ser trasladado a Veracruz para ser conducido a Haití, escapa disfrazado de indio para después entrevistarse con Benito Juárez y organizar la resistencia.
Vendrán cuatro años sin descanso para Juárez y Díaz en su lucha contra el gobierno de Maximiliano y la restauración de la república.
Durante esta etapa se traslada a Oaxaca, donde es nombrado comandante del ejército de Oriente. Organiza la defensa de la ciudad contra los franceses al lado de su hermano Félix y el gral. Manuel González, pero se rinden tras varios meses de asedio. Es capturado nuevamente y confinado en otro convento de Puebla, de donde escapa de nueva cuenta para seguir combatiendo y después de las decisivas batallas de Miahuatlán y la Carbonera retoma Oaxaca.
En 1867 el imperio de Maximiliano recibe un duro golpe cuando por órdenes de Napoleón III se retiran las tropas francesas de México a causa del inminente estallido en Europa de la guerra franco-prusiana, situación que es bien aprovechada por los liberales. Comienza la ofensiva final y Porfirio adquiere gran notoriedad, pues toma la ciudad de Puebla el 2 de abril y entra triunfante en la ciudad de México el 15 de junio. Días después el desmoronamiento del segundo imperio mexicano concluye con el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro.
Porfirio Díaz es el hombre del momento. Había cumplido 37 años y combatido 37 campañas de guerra. Lo devora la impaciencia. Pero el prestigio y la popularidad de Juárez hacen triunfar al zapoteco en las elecciones presidenciales de ese año, con la consecuente frustración del mixteco.
Así, decepcionado pero joven aún, se retira de los reflectores de la política y los campos de batalla a una pacífica hacienda azucarera en Oaxaca que le dieron como premio, La Noria, y así comienza su carrera por la presidencia de la república, junto a su flamante esposa Delfina Ortega, con quien se había casado recientemente y que, además, era sobrina suya.
Nuevamente los cismas al interior de las filas liberales cundieron y las críticas hacia el gobierno de Juárez por su reelección de 1871 no se hicieron esperar, a tal punto que dieron origen a una rebelión que encabezó Porfirio (la Rebelión de La Noria), con el eslogan de menos gobierno y más libertad, rebelión que desde un principio fracasó debido a la eficaz estrategia del ministro de defensa de Juárez que le propinó repetidos reveses en encuentros decisivos.
A punto de ser derrotado sucedió lo inesperado: la noche del 18 de julio de 1872 fallece en su cama Benito Juárez. El movimiento de la Noria perdía sentido, ya no existía razón para pelear. Nombran a Lerdo de Tejada presidente y éste, en un gesto de buena voluntad, concede amnistía a Porfirio, quien derrotado y con grandes quebrantos económicos, vende su hacienda de Oaxaca y compra otra en Veracruz, la Candelaria, en Tlacotalpan. No obstante obtuvo una diputación federal por ese estado.
Aquí nacen sus únicos hijos que sobrevivieron del matrimonio con Delfina: Porfirito y Luz Aurora Victoria. Ya para entonces había procreado una hija natural de nombre Amada.
El gobierno de Lerdo, al igual que el de Juárez, entró en controversia en varios ámbitos, debido a que la implementación de las Leyes de Reforma le atrajeron acusaciones de anticlericalismo, fomentando rebeliones cristeras, además de otros levantamientos. Fue acusado de autoritarismo y de prácticas anticonstitucionales.
Pese a todo, lo más polémico y la gota que derramó el vaso fue la obstinación de Lerdo en buscar una reelección que, aunque la justificación era mantener la estabilidad, produjo lo contrario.
Porfirio, que estaba al acecho, fraguó un plan y difundió una nota diciendo que viajaría a colocar a sus hijos a una escuela en Nueva York, noticia que nadie creyó. En vez de eso se trasladó a Nueva Orleáns a finales de 1875 y desde Brownsville en enero de 1876 lanzó el Plan de Tuxtepec, el último pronunciamiento de gran impacto del siglo XIX mexicano, lanzándose de lleno contra Lerdo. A diferencia del frustrado Plan de la Noria, Porfirio optó por la creación de focos de actividad guerrillera en vez de enfrentamientos directos, pero las derrotas comenzaron a llegar nuevamente. Habiendo salido de Nueva Orleáns, en un intento por llegar a Veracruz, es descubierto en el barco en que viajaba y se dice que, enfermo con altísimas fiebres y temeroso de ser apresado, se arroja al mar infestado de tiburones. Después de varios episodios dramáticos logra llegar al puerto y continuar con la rebelión. Finalmente el 16 de noviembre en la batalla de Tecoac, gracias a la oportuna intervención de su amigo el gral. Manuel González, triunfa Díaz.
Así, Porfirio Díaz asumió el poder por decreto el 28 de noviembre de 1876 y se convirtió en presidente la mañana del 5 de mayo de 1877. Terminaba la era del progreso político, la de Juárez y comenzaba la del progreso material, la de Díaz. Paradoja de paradojas: Juárez, que fue un presidente civil, gobernó un país en guerra permanente, y Díaz, un militar, sería un presidente de paz. Díaz haría lo que Juárez no pudo jamás: pacificar a México. Díaz sería el presidente que Juárez hubiese querido ser. De esta manera y después de 55 años de precaria vida independiente, terminaban para los mexicanos un sinnúmero de rebeliones armadas y asonadas, de cruentas guerras civiles (Guerra de Independencia y Guerra de Reforma) e injustas intervenciones extranjeras (Guerra de Texas, Guerra de los Pasteles, Guerra contra Estados Unidos, Guerra de Intervención Francesa) y daba inicio la era del orden, la paz y el progreso. La era del Porfiriato.
El Porfiriato
Al igual que México, Europa, tan pródiga en levantamientos y revoluciones de todo tinte, también se preparaba para una larga tregua a partir de la década de los setenta y hasta el inicio de la primera guerra mundial en 1914. Comenzaba una época de gobernantes longevos (la reina Victoria, el Káiser Guillermo II, el emperador Francisco José). Mientras tanto Estados Unidos, concluida su guerra civil, continuaba la colonización del oeste de su territorio, pero sin entrometerse en disputas limítrofes con México.
Esta paz fue aprovechada por el progreso tecnológico. Comienzan las invenciones modernas: la luz eléctrica, el teléfono, el aeroplano, la bicicleta, los primeros fonógrafos y desde luego el automóvil, avances de los cuales México también se beneficiaría.
Díaz sentó la bases del desarrollo de México en un elemento fundamental: el ferrocarril. Un ilustre liberal, Francisco Zarco, dijo: “Donde hay caminos y correos, ferrocarriles y telégrafos... la paz está asegurada por sí misma y el orden no necesita del apoyo militar porque todos están interesados en conservarlo”.
Porfirio utilizó toda su experiencia política, militar y administrativa acumulada en sus andanzas guerreras para un solo fin: darle rumbo a México a través del orden y la paz. Para llevarla a cabo se basó más en el consenso de las elites regionales y nacionales que en el poder del ejército. Acuño una frase: poca política y mucha administración.
Díaz gobernó a México desde el 5 de mayo de 1877 hasta el 25 de mayo de 1911. En total, 34 años divididos en nueve períodos; ocho encabezados por Díaz y uno por su amigo el gral. Manuel González.
El historiador Enrique Krauze resume de manera brillante los doce ejes de la estrategia de Díaz para encauzar al país por el progreso:
- Con el pueblo: pacificación o represión
Su administración fue especialmente severa con los
plagiarios y bandidos pero particularmente cruel en la guerra del Yaqui y la
represión en Tomóchic. Con todo y eso, no puede afirmarse que haya sido
violenta de manera especial. Quería dominar, no exterminar. Como lo dijo alguna
vez: “...fue mejor derramar un poco de sangre para salvar mucha”. Su poder
omnímodo pocas veces descendía a extremos de tiranía.
- Con los amigos:
divide y vencerás.
Decía: “en
política no tengo ni amores ni odios”. Perdonó la vida al jefe juchiteco que
torturó y mató a su hermano Félix y removió gradualmente al grupo de
tuxtepecanos que lo ayudaron a llegar al poder. A su amigo y compadre, el gral.
Manuel González, le pidió su renuncia sin miramientos cuando fue acusado de
peculado.
- Con los
gobernadores: control y flexibilidad.
Su primer
gabinete lo formó casi en su totalidad con sus colaboradores tuxtepecanos. En
los siguientes integró a viejos imperialistas, juaristas y hasta lerdistas,
como Manuel Romero Rubio, padre de Carmelita, que se convertiría en su segunda
esposa a la muerte de Delfina. A los caciques regionales les permitió mantener
su poder a cambio de lealtad. Su criterio no era el amiguísimo, sino la
eficacia y el equilibrio.
- Con la
democracia: sufragio inefectivo, sí reelección.
En 1877 Porfirio
elevó a rango constitucional el lema de su revolución: no reelección
(inmediata).
En 1880 permite
que su compadre Manuel González gobierne un período, y al terminar se reelige,
modificando la constitución que ya permite la reelección por un solo período.
En 1890 hace otra enmienda para que se admita la reelección indefinida.
- Con el poder legislativo: domesticación
Porfirio era impaciente y odiaba la deliberación,
así que convirtió al legislativo en pieza del ejecutivo, eligiendo a los
candidatos convenientemente. La Cámara parecía un club de amigos de Porfirio.
- Con el poder
judicial: también domesticación.
Nombró a
conveniencia a los magistrados, hubo tráfico de influencias pero se avanzó
mucho y bien en la elaboración de leyes y códigos.
- Con el
ejército: pan y palo
Era su
especialidad. Suprimió los mandos castrenses superiores. A los caudillos y
caciques destacados los mandó a la sombra. A unos y otros, los atraía con pan
(concesiones de todo tipo) pero los castigaba con palo (amenazas, ostracismo).
No usó mucho la fuerza, pues a los militares más connotados los habían
eliminado las guerras de Reforma y de Intervención Francesa. Al final de su
mandato sólo quedaban él y unos cuantos veteranos más.
- Con la Iglesia:
conciliación
Porfirio era,
desde luego, masón de grado 33 y en su momento furibundo comecuras, pero quería
poner fin a la discordia religiosa. Permitió al clero retomar fuerza y exigió a
cambio que secundaran su obra pacificadora. Lo hizo sin modificar la constitución.
En su vida particular y familiar se declaró siempre católico.
- En la política
exterior: gallardía
A diferencia de
sus predecesores, tan pronto llega al poder realiza un primer pago de la deuda con
Estados Unidos, logrando el reconocimiento de esta nación casi inmediatamente.
Un año después el ex-presidente Ulises Grant visita México. Reanuda relaciones
con Francia y negocia la deuda inglesa. Al final de su mandato logra el
reconocimiento pleno de México de todas las potencias del orbe sin perder o
ceder un centímetro de suelo o soberanía.
- Con la prensa:
acoso
En tiempos de
Manuel González se instituyó la ley mordaza que suprimía la libertad de
imprenta.
Un periodista
podía ser apresado por una simple denuncia. El confinamiento carcelario acalló
las pocas voces que se atrevieron a disentir
en su contra, aunque en general el método de Porfirio era tirar de la rienda,
sin reventarla. La débil opinión pública se adormecía con los influjos del bienestar
material.
- Con los
intelectuales: doma
“Ese gallo quiere
máis”, solía decir Porfirio cuando escuchaba a algún intelectual despotricar contra
él, y de inmediato les daba una curul en el legislativo. Fue su táctica:
ofrecer puestos para acallar críticas. Pese a ésto, fomentó el desarrollo
científico y artístico, fundando escuelas, teatros, museos y academias.
- Culto a su
personalidad.
Porfirio tuvo en
Carmelita Romero Rubio, su segunda esposa, una sabia mujer que supo refinarlo y enseñarle buenos modales a este bravo y
rústico caudillo. Lo pulió, le cortó el bigote y hasta lo blanqueó. Antes de
Carmelita era solamente Porfirio; después de Carmelita, don Porfirio.
Con estas doce
riendas pudo Díaz embridar a México y sostenerse en la silla presidencial.
Luces y sombras
Como todo régimen
político tuvo aciertos y desaciertos. Entre los primeros podemos acreditarle haber
nivelado los presupuestos por primera vez en la historia independiente de
México, logrando incluso un superávit financiero. En 1876 se contaban con 600
km. de vías férreas y para 1910 se habían construido más de 19,000 km. Heredó
9,000 km. de telégrafos, que para principios de siglo superaban los 70,000 km.
Hacia 1910 la red postal cubría 90,000 km. y México era el primer productor de plata en el mundo, el segundo de cobre y el quinto en oro. Durante su gestión se modernizaron por primera vez los principales puertos del país, nacieron las primeras fundidoras de fierro y acero, surgieron las hidroeléctricas y para 1910 México contaba con 5500 fábricas de todo tipo. También se iniciaron las explotaciones petroleras que al final de su administración generaban más de 8 millones de barriles. En 1895 el servicio de la deuda comprometía el 38% de los ingresos del gobierno. Para 1910 era sólo del 4.41%.
Pero no todo se enfocó en inversiones y negocios. También la ciencia y la educación ganaron con la apertura de la Universidad Nacional, el Ateneo de la Juventud Mexicana y la fundación de la Escuela Normal Superior, además de la incorporación del Conservatorio Nacional de Música como escuela oficial en 1877. El Estado se erigió como patrono y mecenas de las artes. Surgió la pintura con temas indigenistas y comenzó la recuperación de la arqueología prehispánica. Fue una época de esplendor de la cultura mexicana. El Porfiriato consolidó el nacionalismo mexicano del cual bebió, se nutrió e irradió posteriormente el movimiento revolucionario.
Pero todo este auge de liberalismo económico y avance material y cultural tendría que pagar un costo, y este recayó en las clases campesinas y obreras, la segunda de ellas, paradoja, nacida gracias al desarrollo porfirista. La modernización económica trajo consigo sus propias contradicciones. Aunque en el norte prosperaba una nueva clase de rancheros, en el centro las comunidades indígenas y mestizas sentían el avance gradual e inexorable de las haciendas, que se iban apoderando de sus tierras comunales. Es cuando aparece un proletariado rural despojado, flotante y que se vuelve susceptible de ser reclutado en el momento de la revolución. La ascendente clase obrera fue el producto del desarrollo y la industrialización y este proletariado adquiere una nueva e inusitada fuerza social a través de las agrupaciones sindicales.
De esta manera, los “perdedores”, los campesinos y obreros, no lo son tal, son el “resultado” de la modernización, no son alérgicos a los beneficios del régimen, pero sí son sus víctimas. Las huelgas reprimidas en Cananea (1906) y Río Blanco (1907) fueron muestras de la cara oscura del progreso material. En suma, los grandes retos sociales como la pobreza, la desigualdad y la injusticia no se pudieron resolver durante su mandato (cien años después, con revolución de por medio, tampoco).
Además, a estos factores debemos añadir el agravio democrático.
A este respecto, dos hombres le hicieron ver a Porfirio la importancia y necesidad de preparar el futuro de la nación a través de una sucesión con carácter institucional, que permitiera transitar al país sin sobresaltos. Uno de ellos fue su ministro de Instrucción Pública, Justo Sierra, que en una carta le escribió: “En la República Mexicana no hay instituciones, hay un hombre; de su vida depende paz, trabajo productivo y crédito”. Francisco Bulnes, a través de un simple silogismo, reveló: “El progreso, el crédito y la paz dependen de Porfirio Díaz. Porfirio Díaz es mortal. El progreso, el crédito y la paz morirán con él”.
Pero Porfirio no lo vio venir. No se dio cuenta que el México de 1910 ya no era el México de 1876. México era otro que no se controlaba de la misma manera. Faltaba apertura electoral, juego de partidos, espacios de representación para los campesinos y obreros.
Díaz no lo entendió. Y en 1910 volvió a postularse para presidente.
La caída y el exilio
Estaba por llegar el 15 de septiembre de 1910, su cumpleaños número 80 y el centenario del inicio de la guerra de independencia. Se estaban preparando los fastos para tan augusta celebración. Díaz había manifestado dos años antes, en la célebre entrevista Creelman, que el país estaba preparado para la democracia y que no se postularía en esta ocasión. Mintió.
No estaba dispuesto a dejar que alguien más fuera el centro de atención de tan gloriosa conmemoración histórica. Él se sentía el artífice del México moderno. Lo era. Díaz había sido el consolidador del Estado Mexicano. Díaz se creía el heredero de Hidalgo y Juárez. Nadie más ocuparía ese privilegio en tan magna ocasión.
Y como era de esperarse, ganó las elecciones de 1910 y se celebraron las gloriosas festividades con grandes desfiles, estruendosos fuegos artificiales, rumbosos banquetes, deslumbrantes recepciones y llamativas obras públicas, como el monumento a la Independencia o el hemiciclo a Juárez, que engalanan hasta el día de hoy la ciudad de México. No hubo pueblo en México, por pequeño que fuera, que no haya construido algo en conmemoración del centenario de la independencia.
Y junto a todo ello llegó la revolución.
No tardó mucho en caer su régimen, debido a que Porfirio sabía que un enfrentamiento armado demasiado largo debilitaría a México, dejándolo una vez más a expensas de los intereses de Estados Unidos, y tal cosa era impensable para Díaz. Además nunca quiso un derramamiento de sangre innecesaria, aun a costa de perder su poder. Pero sobretodo, estaba viejo. No quería pelear. De esta manera, entrega su carta de renuncia al Congreso el 25 de mayo de 1911 y el 31 de mayo zarpa de Veracruz en el vapor Ypiranga que lo llevará a París a su exilio del cual ya no regresará.
Se vuelve nostálgico. Aunque necesita de un bastón para apoyarse, lo hace con cierto aire de dominio. Quienes lo reconocen le dan muestras de admiración. Cuando acudía a un restaurante acompañado de Carmelita los comensales solían ponerse de pie hasta que la pareja se sentaba. Uno de sus pocos pasatiempos era recibir la visita frecuente de los viejos soldados franceses a los que combatió en México, con quienes a señas y ademanes recordaba aquellos hechos militares.
Uno de esos viejos generales escoltó a Porfirio hasta la tumba de Napoleón y depositó en sus manos la espada del legendario militar, diciéndole: “En nombre del pueblo y el ejército de Francia, pongo esta gloriosa espada, que es emblema de la patria, en las honorables manos de vuestra excelencia”, a lo que Díaz respondió: “No soy digno de tener esta espada en mis manos”, pero el viejo general replicó: “Desde la muerte del emperador, no ha estado en mejores manos”.
Además de Francia, Díaz fue honrado por altos dignatarios europeos, como el rey Alfonso XII de España o el Káiser Guillermo II de Alemania, quien, cuando iba a comenzar una gran parada militar, le dio un cetro de mando con grado de mariscal, diciéndole: “cuando usted haga la señal comenzará el desfile”.
En Egipto, recibió los honores del futuro ministro de guerra inglés, Lord Kitchener. De esta manera, Europa premiaba a Díaz como uno de sus últimos héroes románticos de la época.
Los meses finales de su vida los pasó en el sur Francia y París. Jugaba con sus nietos y diariamente acudía a misa. Se pasaba las tardes desde su ventanal contemplando el horizonte boscoso. Estaba triste, hablaba poco y cuando lo hacía su único tema era México. Confesaba: “me siento herido: una parte de México se levantó en armas para derribarme y la otra se cruzó de brazos para verme caer”. Cuando se enteró de la muerte de Madero, creían que se iba a regocijar, pues era quien lo había quitado de la presidencia, y sin embargo dijo: “cuánto siento esta muerte... auguro días tristes para México”. Desconsolado llegó a decir: “He cometido errores que ahora deploro... pero créanme... amo a mi patria con todas las fuerzas de mi alma”.
Sus últimos días los pasó en París, recluido en su casa, sufriendo achaques a causa de la arterioesclerosis que menguaba su salud, y deseando escuchar noticias de Oaxaca. Se dice que también evocaba a Juana Cata. Murió a las seis y media de la tarde del 2 de julio de 1915.
Sus restos embalsamados descansaron un tiempo en la iglesia de Saint Honoré d´ Eylau y tiempo después pasaron a una capilla del cementerio de Montparnasse.
Epílogo
Al triunfo de la
Revolución Mexicana, la figura de Porfirio Díaz fue condenada al más injusto olvido.
Díaz es el único presidente mexicano que sigue exiliado post-mortem, pero
además también por la historiografía mexicana. Al Porfiriato se le ha
desvinculado de su antecesor histórico, la República Restaurada, y lo que es
peor, se le considera la antítesis, cuando hemos visto que es en realidad su
culminación, la cristalización de largos años de esfuerzos liberales y republicanos.
Con el Porfiriato se consolidó el Estado Mexicano.
El final del siglo XIX fue la época de la conformación y desarrollo mundial de las naciones y México, por primera vez en su historia, se equiparaba con ellas. México se sincronizaba con el mundo. Por eso, visto en perspectiva, el Porfiriato fue la manifestación mexicana de la llamada primera globalización, entendiéndose ésta como desarrollo capitalista, experimentaciones democráticas, crecimiento de las ciudades, urbanización y desarrollo industrial y tecnológico. Fue la manifestación local de un fenómeno global.
Años y décadas de estudio arrojan que el Porfiriato fue un periodo extraordinario de grandes cambios en todas las áreas de la sociedad, pero este razonamiento aún no ha permeado en la mente de los mexicanos de hoy. Y la causa se debe a la fuerza del paradigma de la Revolución Mexicana, que tuvo que construir la figura del “gran villano” para legitimar así su irrupción y los sucesivos gobiernos revolucionarios y post-revolucionarios. De ahí que sea este año 2010 un buen momento para hacer una serena, correcta y puntual ponderación de la figura y el legado de aquel mixteco casi puro que entregó literalmente su vida entera por abrazar una causa, una pasión: la consolidación y el engrandecimiento de México.
Bibliografía:
- “Porfirio Díaz,
místico de la autoridad”, Enrique Krauze, Fondo de Cultura Económica, 2002
- “Porfirio Díaz,
del héroe al dictador”, Paul Garner, edit. Planeta, 2003
- Serie “Discutamos México”, Capítulo
VI “El Porfiriato”, programas 26, 27, 28 y 29
Compositores y
obras
Obertura La Primavera (1834), Joaquín Beristáin. Ciudad de México, 20 de agosto de 1817 - 3 de octubre de 1839
Con apenas
veintidós años de vida, Joaquín Beristain adquirió una gran reputación. Formó
parte de la orquesta del Teatro Principal y de la orquesta de la Colegiata de
Guadalupe, distinguiéndose como pianista y violonchelista. Su calidad lo llevó
a ser designado maestro director de la compañía de ópera de Filippo Galli,
causando gran admiración entre los artistas italianos por haber instrumentado
en poco tiempo la ópera “La Sonámbula” de Bellini sin contar con la partitura original.
Un año antes de morir fundó junto con el Pbro. Agustín Caballero la Escuela
Mexicana de Música, precursora del Conservatorio Nacional de Música. Compuso a
los diecisiete años la popular obertura Primavera, en donde la influencia de
Rossini es evidente.
Variaciones sobre el tema del jarabe mexicano (1841), José Antonio Gómez. Ciudad de México, 21 de abril de 1805 - Tulancingo, 8 de julio de 1876
Conocido como “el
niño Gómez”, contaba con la admiración de cuantos le conocían. A los 10 años de
edad ya componía con gran éxito. Siendo aún joven, el famoso cantante español
Manuel García lo nombró maestro de cémbalo de su compañía, además de ocupar el
puesto de maestro de capilla de la catedral de México. En 1839, fundó la Gran
Sociedad Filarmónica de México de la que fue director. Fue integrante del
jurado del concurso para el himno nacional que Santa Anna convocó en 1854.
Inició el primer repertorio de música en México, compuso gran variedad de obras
sacras y escribió métodos de enseñanza musical. Pasó sus últimos años en
Tulancingo como organista de la catedral. Sus variaciones sobre el jarabe
mexicano fue la primera pieza de corte nacionalista escrita en México.
La Zandunga (1853), Máximo Ramón Ortiz. Tehuantepec, 24 de junio de 1816 - Jalapa (Oaxaca) 13 de octubre de 1855
El tres de diciembre de 1850, los periódicos “El Monitor Republicano” y “El Siglo XIX” se refirieron a un “nuevo jaleo andaluz” denominado “La Zandunga” estrenado en el Teatro Nacional. De cómo llegó esta pieza (si es la misma pieza) al istmo de Tehuantepec y se convirtió en poco tiempo en himno regional es todo un misterio que ha dado lugar a muchos mitos. De hecho, la palabra sandunga era empleada desde tiempo atrás como sinónimo de gracia, donaire y salero. En 1953, al cumplirse un siglo de su aparición, se intentó darle una historia veraz, dejando atrás la tradición oral y la leyenda.
Después de su
estreno, llegó a Oaxaca como una danza habanera. Hubo quien señaló que se la escuchó
tocar en este ritmo a Dña. Macedonia Alcalá, hermana del célebre autor del vals
Dios nunca muere. En 1853, Máximo Ramón Ortiz, guerrillero tehuano que se
encontraba en Oaxaca, la escuchó y la llevó a Tehuantepec en forma de son
zapateado y acompañado de su guitarra la “zapotequizó” con versos de su propia
inspiración. Ya con esta forma fue adoptada como pieza regional por muchas
bandas, entre ellas la del mtro. Cándido Jiménez quien alrededor de 1870 pudo
haber sido el responsable del arreglo como la conocemos hasta ahora.
Máximo Ramón
Ortiz nació en Tehuantepec. Probablemente fue hijo de un padre dominico español
y una mestiza. Se dice que de niño llegó a tocar el piano y después de
convertirse en guerrillero, fue gobernador y jefe militar del territorio del
Istmo creado por Santa Anna en 1853.
Dos años después
murió fusilado en Jalapa (Oaxaca) por rebeldía contra el gobierno federal en turno.
Colección de Jarabes, Sones y Cantos Populares (c. 1856):
El Pitayero / El Riflero / El Café / Jarabe del Bajío / El Butaquito / El Venado / El Cihuatleco, Clemente Aguirre. Ayo el Chico (actual Ayotlán), 23 de noviembre de 1828 - Guadalajara, 24 de octubre de 1900
Su carrera musical da inicio a los doce años en Guadalajara con el mtro. Jesús González Rubio y a los quince, siendo clarinetista, se incorpora a las bandas militares de la región. Se traslada a la ciudad de México para estudiar con José María Pérez de León en donde se dedica a la composición musical hasta la invasión francesa en 1863.
Regresa a su estado a dirigir distintas bandas en La Barca y en 1885 fija su residencia en Guadalajara hasta su muerte. Sus composiciones comprenden especialmente la música de salón pero su principal contribución a la música popular mexicana es esta recopilación de 66 melodías, sones y danzas arregladas para piano según se escuchaban en Jalisco a mediados del siglo XIX.
La Azucena, polka (c. 1864), Tomás León. Ciudad de México, 21 de diciembre de 1826 - 18 de marzo de 1893
Primer gran pianista de México. Interpretaba con gran facilidad la música de los grandes maestros. A los catorce años era el organista del Oratorio de La Profesa. Debutó en público hasta los 27 años acompañando al violinista Franz Rooner y el pianista Ernest Lübeck, notables músicos de la época. Al igual que José Antonio Gómez, participó como jurado en la elección del himno nacional mexicano. Organizó numerosos conciertos en su casa dando por resultado la fundación de la Sociedad Filarmónica de México en 1866 y posteriormente el Conservatorio de Música en donde impartió clases de piano gratuitamente. Después de tocar para la corte de Maximiliano y siguiendo su convicción conservadora y católica, se retira del conservatorio una vez incorporado al sistema de instrucción pública, cuando el presidente Lerdo de Tejada lo obliga a jurar lealtad a las leyes de Reforma. En palabras del investigador Karl Bellinghausen, son dos las características primordiales en la música de Tomás León: su sentido pianístico, impecable y sabio, apoyado por el manejo de un lenguaje armónico simple y transparente; y la frescura de sus melodías, a veces cándida pero siempre directa.
Cuatro piezas del II Imperio Mexicano (1864 - 1867)
Colifichet, polka
| Recuerdo de Spa, redowa. Emile Palant (fl. 1859 - 1864)
Sabemos muy poco de este compositor. Olavarría y Ferrari en su libro Reseña Histórica del Teatro en México nos da algunas pistas sobre él con relación a un concierto dado el 13 de febrero de 1859 en el Teatro Iturbide de México: “...se hizo oír el flautista francés D. Emilio Palant, llegado a México en trágicas circunstancias... á consecuencia de una cuestión personal con el capitán del buque en que se embarcó en San Francisco para Francia, fué arrojado al mar por el susodicho capitán norte-americano, y por poco los marineros lo matan a golpes de remo; el infeliz náufrago ha llegado á México enfermo y sin recursos, y ocurre á la protección de los mexicanos para poder continuar su viaje á Francia en algún buque de nación civilizada.” El 10 de octubre de 1864 volvemos a saber de él, ahora como director de la Orquesta de sus Majestades Imperiales, dirigiendo un concierto a beneficio de los pobres patrocinado por la emperatriz Carlota, a quien dedicó la redowa Recuerdo de Spa (población de Bélgica famosa por sus baños termales y seguramente frecuentada por Carlota, ya que ella misma era belga). La polka Colifichet la dedicó al Conde Charles de Bombelles, hombre de confianza y amigo personal de Maximiliano.
Arlequín, polka; La Humanidad, polka, Joseph Rudolf Sawerthal. Polep, 1819 - Leitmeritz, 1893
Este compositor nació en Polep, población de la antigua Bohemia. Estudió en el conservatorio de Praga, especializándose en trompa (instrumento similar al corno francés) e incursionó en bandas de diversos regimientos. Entre 1850 y 1864 lo encontramos en Trieste, adscrito como director de la banda y con toda seguridad Maximiliano, quien vivió en dicho lugar desde 1851, debió haberlo conocido y apreciado su trabajo, ya que años después lo invitó a México como maestro de capilla de la corte, formando la Banda de Música Austro-Mexicana, como era su título oficial. Después de la caída del imperio viajó a Inglaterra para enrolarse en bandas en las ciudades de Dover y Chatham y al cumplir setenta años regresó a Bohemia donde falleció. La siguiente crónica de la época nos describe una de aquellas sesiones musicales: “En la capital de México causa sensación la música del Cuerpo, bajo la batuta del maestro de capilla Sawerthal. Durante la semana, aparte de tocar en los teatros, se presenta también varias veces en la plaza mayor enfrente del palacio imperial. Durante sus conciertos la plaza siempre se llena completamente con carruajes lujosos, en los que el mundo elegante escucha complacido la música, mientras miles de paseantes gozan con gran satisfacción del evento hasta el final del concierto.”
Marcha Zaragoza (1867), Aniceto Ortega. Tulancingo, 17 de abril de 1825 - Ciudad de México, 17 de noviembre de 1875
Hijo del poeta Francisco Ortega quien escribió en 1821 el melodrama “Méjico libre”. Músico y cirujano, perfeccionó sus estudios de medicina en París. A su regreso, participó activamente en las reuniones musicales organizadas por Tomás León y dio clases de composición teórica en el Conservatorio de Música. Su ópera Guatimotzin refleja su alma nacionalista, distinguiéndolo del gusto general, además de escribir música de salón. La marcha Zaragoza la compuso en honor del general Ignacio Zaragoza, vencedor de la batalla del 5 de mayo en Puebla siendo estrenada en 1867 en presencia de Benito Juárez. Fue muy popular en su época (más que el propio himno nacional) y se hizo tan famosa que se dice que las bandas de música prusianas la tocaron en su desfile victorioso en París en 1871 para restregarle a los franceses su derrota a manos mexicanas.
Vals Dios nunca muere (1868), Macedonio Alcalá. Oaxaca, 12 de septiembre de 1831 - 24 de agosto de 1869
Desde niño mostró gran interés por la música llegando a convertirse en consumado violinista con especiales dotes para la improvisación. Gracias a una beca pudo estudiar en la ciudad de México y a su regreso a Oaxaca se convirtió en director de la banda de música y miembro de la recién fundada Sociedad Filarmónica de Santa Cecilia, además de prestar sus servicios para bailes sociales y servicios religiosos.
Al término de la intervención francesa abandonó Oaxaca y se trasladó con su familia a Yanhuitlán, en la mixteca, en busca de mejores derroteros, pero enfermó y más pobre que antes regresó al poco tiempo a la capital oaxaqueña. Debido a su precario estado de salud no podía trabajar, lo que motivó que los miembros de la Sociedad Filarmónica lo ayudaran a través de dinero y medicinas. Se dice que movido por la gratitud que le invadía, debido a los favores de que era objeto, compuso su inspirado y sentido vals Dios nunca muere. Otra versión similar establece que durante su convalecencia, una delegación de indígenas del pueblo de Tlacolula le solicitaron una composición en honor a la virgen María, y trabajando arduamente a duras penas compuso la obra. Sea cual fuere la verdad, el hecho es que al poco tiempo falleció pero la popularidad que alcanzó su pieza la llevó a convertiste sin discusión en el himno de Oaxaca.
Le Bananier, chanson negre (1845), Louis Moreau Gottschalk. Nueva Orleáns, 8 de mayo de 1829 -Río de Janeiro, 18 de diciembre de 1869
El llamado “Chopin criollo” tuvo un origen curioso: su padre fue un hombre de negocios judío nacido en Inglaterra y su madre descendía de una familia francesa de colonos que huyó de Haití debido a la revolución de 1804. Sus vidas se cruzaron en Nueva Orleáns donde nació y creció, rodeado de un ambiente de tradiciones caribeñas, francesas y mestizas.
A los once años hizo su presentación en público y a los trece fue enviado a París para cursar sus estudios de piano. Regresó a Estados Unidos en 1853 y comenzó una carrera de conciertos que lo llevó a recorrer en ferrocarril todo su país, además de Canadá, el Caribe y países de Centro y Sudamérica, lo que en aquel tiempo era toda una hazaña. Un periódico de San Francisco de 1865 publicó que para entonces ha recorrido cerca de 150,000 km. y efectuado más de mil conciertos.
Estando en una
gira por Brasil contrajo malaria que le ocasionó la muerte en 1869. Se
considera el primer compositor nacionalista de Estados Unidos, pues fue pionero
en amalgamar la música de concierto con las tradiciones latinoamericanas y
caribeñas de las que bebió. La pieza Le Bananier (El Bananero) es un arreglo a
“En Avant Grenadier”, una antigua canción patriótica cantada durante la batalla
de Nueva Orleáns de 1815.
La Típica, polka (1903), Carlos Curti (1859-1926)
En 1884 un par de músicos del Conservatorio Nacional concibieron la feliz idea de formar una agrupación que combinara instrumentos de concierto con otros denominados “típicos”, como el salterio, el bandolón y la guitarra. El 20 de septiembre de ese año hizo su debut en el teatro del Conservatorio, contando con la presencia del propio Porfirio Díaz, con tanto éxito que al concluir el evento el general la bautizó como “Orquesta Típica Mexicana”. En ese entonces la dirección del grupo estaba a cargo del xilofonista Carlos Curti y durante los tres siguientes años realizó giras por Estados Unidos, comenzando en la Exposición Universal de Nueva Orleáns, continuando en Nueva York, además de Canadá, Cuba y varias ciudades de México. Este acontecimiento fue el comienzo de las llamadas orquestas típicas que han mantenido hasta nuestro días su peculiar atuendo, sonido y repertorio tradicional mexicano.
Carlos Curti (1861- 1926) fue un destacado compositor de piezas de salón y música para escena. Fue muy famosa su pieza teatral de 1899 “La Cuarta Plana” estelarizada por la entonces juvenil soprano Esperanza Iris. Al regresar de la gira con la Orquesta Típica Mexicana continuó con sus clases en el Conservatorio Nacional y posteriormente fue director musical del circo Orrín. En los primeros años del siglo XX formó su propia orquesta (Orquesta Típica Curti) que realizó grabaciones para el sello Columbia de Nueva York.
Carmen, vals (1888); Carmela, polka (1890), Juventino Rosas. Santa Cruz, 25 de enero de 1868 -Surgidero de Batabanó (Cuba), 9 de julio de 1894
Su padre don Jesús (arpista) le enseñó desde niño a tocar el violín y junto con su hermano Manuel (guitarrista) formaron un terceto musical. En busca de mejores expectativas se mudaron a la ciudad de México en 1875, donde la suerte les fue adversa. El grupo se disolvió y muy joven aún comenzó a buscar trabajo por su cuenta, primero con la banda de los hermanos Elvira y luego en la orquesta de los hermanos Aguirre (a la que se integraron también su padre y hermano), donde la tragedia lo alcanzó, pues luego de una riña que se originó durante una tertulia que amenizaban, murieron su padre y su hermano. Luego del incidente, ingresó al Conservatorio Nacional de Música en 1885, pero dada su precaria situación económica, lo abandonó y se mudó al pueblo de Contreras, donde compuso su celebérrimo vals Sobre las olas. Tiempo después cambió su residencia a Tacuba y retomó sus clases en el conservatorio, que volvió a abandonar al poco tiempo y entonces se dedicó de lleno a la composición.
Debido a su mala situación económica se vio en la necesidad de vender los derechos de muchas obras a precios muy bajos (Sobre las olas se vendió en 45 pesos). En 1888 escribió el vals Carmen que dedicó a la esposa de Porfirio Díaz, Carmelita Romero Rubio. Se estrenó el 14 de septiembre, con tanto éxito que el Gral. Díaz en agradecimiento le regaló un piano, que Juventino vendió para paliar un poco sus apuros económicos. Ese mismo año escribió la polka Juanita, que dedicó a su esposa del mismo nombre.
Y entonces ocurre otra pérdida: Juanita lo abandona y por ese motivo se aleja de la ciudad, primero a Cuautepec y después a Morelia. En 1890 publica su polka Carmela y en 1893 lo encontramos como violinista de la Orquesta Típica Mexicana que realiza una gira por Estados Unidos en la Exposición Universal de Chicago. Contratado por la Compañía de Zarzuela Italomexicana viaja en 1894 a Cuba, donde compone una ópera y varias obras aún inéditas o extraviadas, y donde a consecuencia de una mielitis espinal muere a la edad de 26 años. Ahí mismo fue sepultado, pero en 1909 sus restos fueron exhumados y depositados en el panteón civil de Dolores en donde permanecieron hasta 1939 en que se trasladaron finalmente a la Rotonda de los hombres ilustres (hoy de las personas ilustres).
Minueto, op. póstumo (1893), Felipe Villanueva. Tecámac, 5 de febrero de 1862 - Ciudad de México, 28 de mayo de 1893
Su primer contacto con la música fue a través de familiares: un hermano le enseño el violín y un primo el órgano.
En 1873 se trasladó a la Capital y se matriculó en el Conservatorio Nacional, aunque permaneció poco tiempo, según se dijo “por carecer de talento”, aunque lo más probable sería que haya sido discriminado por su condición racial, pues su origen era indígena. Como haya sido continuó estudiando fuera del conservatorio con maestros de la talla de Julio Ituarte. En su academia conoció a los alumnos Gustavo Campa y Ricardo Castro con quienes comenzó una amistad duradera. Obtuvo prestigio como pianista, compositor y maestro. A partir de 1884 se convirtió en el profesor de piano predilecto de la alta sociedad mexicana y el favorito de la aristocracia. Dio clases en un colegio donde tuvo como alumna a Amada, hija de Porfirio Díaz. Formó parte del Grupo de los Seis (Villanueva, Campa, Castro, Meneses, Hernández Acevedo y Quezadas), cuyo objetivo era la interpretación y divulgación de compositores franceses, rusos y alemanes, en oposición a los designios de la escuela italianizante que reinaba en el Conservatorio Nacional. La música de Villanueva tiene un especial encanto, una forma artística equilibrada y moderna mezclada con una sensibilidad exquisita y fina delicadeza. Era un poeta del piano. En palabras de Robert Stevenson fue el Franz Schubert de América.
Marcha Zacatecas (1893), Genaro Codina. Zacatecas, 10 de septiembre de 1852 - 22 de noviembre de 1901
Músico y pirotécnico. En 1887 compuso una marcha denominada “Porfirio Díaz” que le valió para ser nombrado contador en la jefatura de hacienda de su estado natal. Su instrumento fue el arpa y con él escribió la célebre marcha Zacatecas. La historia cuenta que todo comenzó una tarde en la casa de Fernando Villalpando, también compositor y concuño de Codina. Durante la reunión y al fragor de la conversación surgió un reto entre ambos que consistía en ver quién podía componer la mejor marcha militar.
Hecha la apuesta se convino que la pieza ganadora sería dedicada al gral. Jesús Aréchiga, entonces gobernador del estado. Días después las dos marchas fueron sometidas al escrutinio de un jurado privado y la marcha de Codina fue declarada vencedora. Fieles a su apuesta, mostraron la composición al gobernador, no en arpa sino en una versión para banda orquestada por Villalpando (como señal de buena voluntad para Codina), y entonces el gral. Aréchiga ordenó que la marcha fuera dedicada a Zacatecas. Fue estrenada en abril de 1893 en el Teatro Calderón a cargo de una orquesta típica.
Las Bicicletas, polka corrida (1894). Salvador Morlet
En el periódico El Universal del 16 de marzo de 1896, el cronista Ángel del Campo ofrece una deliciosa descripción de la “fiebre de la velocidad” que azotaba a México en su artículo titulado “Velocípedos y bicicletistas”: “El velocípedo...la última palabra del peligro, de la celeridad, del atrevimiento... pedalear con furia, hasta que volaban las cintas de la gorra que tenía un letrero “intrépido”, pedir paso a gritos, poner en fuga a los canes, traer el ¡Jesús! a la boca de las cuidadoras, era realizar una empresa tan arriesgada como varonil. Las bicicletas... pretexto para enseñar a andar y a caer en las calles solitarias a las amigas... es el relámpago... viejos y muchachos, hombres y mujeres... se proporcionan una, para correr por esas calles de Dios, como si hubiese cundido una epidemia de velocidad. Es un pretexto... para librarse... de tomar trenes, crustáceos con ruedas, evitar los tumbos de un coche de a peseta y recorrer todas las calles sin que nadie piense en llamar vago al que mata el tiempo con velocidad de huracán.”
De ahí que no fuera extraño que una polka bautizada como “Las Bicicletas” haya sido uno de los grandes éxitos musicales de 1896. Como dice su letra: De todas las modas que han llegado de París y Nueva York / hay una sin igual, que llama la atención / son bicicletas que transitan de Plateros a Colón / y por ellas he olvidado mi caballo y mi albardón.
Minuto, pasodoble (1899); Elodia, mazurca de salón (1909), Luis G. Jordá. Masías de Roda, Cataluña, 16 de junio de 1869 - Barcelona, 20 de septiembre de 1951
No se tienen noticias de las razones de su llegada a México, pero Olavarría y Ferrari lo menciona con relación a un concierto en marzo de 1899. Fue un prolífico compositor de zarzuelas y música para teatro, como “Palabra de Honor” de 1900, que le aseguró un éxito instantáneo. Su estilo influyó de manera determinante en el gusto musical de las familias porfirianas y su habilidad para transitar entre lo culto y lo popular lo distinguieron del resto de los compositores de su época. El éxito desmedido de la zarzuela de 1904 “Chin-chun-chan” catapultaron a Jordá y a su protagonista Esperanza Iris a umbrales insospechados y legendarios en el teatro mexicano. Al igual que su compatriota y paisano Jaime Nunó, que venció en el concurso del himno nacional de 1854, Jordá también obtuvo el primer premio en el concurso de composición que organizó Justo Sierra con motivo del centenario de la Independencia en 1910. Por lo que sabemos, regresó a Barcelona en 1915 donde vivió el resto de su vida hasta su muerte acaecida a los 82 años.
La mazurca de salón Elodia bien puede ser considerada como pieza emblemática del Porfiriato, debido al exaltado romanticismo que evoca. Jordá dedicó el pasodoble Minuto al célebre matador español Enrique Vargas González “Minuto”, quien el 17 de diciembre de 1899 inauguró la nueva plaza de toros México que se ubicaba cerca del almacén de tranvías de Indianilla, evento al que por cierto acudió Porfirio Díaz y su gabinete.
Adiós, danza (1897), Alfredo Carrasco. Culiacán, 4 de mayo de 1875 - Ciudad de México 31 de diciembre de 1945
Su familia provenía de la capital, pero debido a problemas políticos se trasladaron a norte de la República. Al calmarse los ánimos emprendieron el viaje de regreso y a eso se debe que haya nacido en Culiacán. A la edad de cuatro años sus padres lo llevaron a Guadalajara, donde se establecieron definitivamente y donde transcurrió la mayor parte de su vida. Ocupó el puesto de organista y maestro de música del Colegio de Infantes de la catedral de Guadalajara. Su obra como compositor es variada y comprende dos etapas: la de sus primeros años, cuando se interesó en el repertorio de la música de salón (de este periodo es su famosa danza “Adiós”, escrita a los 22 años); y sus composiciones en el campo religioso (misas, motetes, maitines), así como piezas de concierto y música para teatro.
Danza criolla (c.1913), Alberto Flachebba (1883 - 1960)
Fue un compositor y director de orquesta nacido en la isla Martinica, en el Caribe. Se formó musicalmente en La Habana y viajó a Francia a perfeccionarse en composición y dirección en el Conservatorio de París con Charles Marie Widor. Sobresalió como pianista. Llegó muy joven a nuestro país, casó con mexicana y en 1918 estrenó en el teatro Arbeu su ópera “El Indiano”. Escribió en 1923 la música del espectáculo “Quetzalcóatl” de Rubén M. Campos. Dirigió varias temporadas de ópera en el recién construido Palacio de las Bellas Artes, además de componer gran cantidad de piezas de concierto y música para escena.
Mexican rag (1913); Te amaré siempre, vals (1916), José de Jesús Martínez. Pachuca, 17 de mayo de 1888 - Estación Ajusco, 9 de mayo de 1916
Había cierta confusión sobre su lugar de nacimiento, pues lo hacían natural de Guadalajara, hasta que su bisnieta me aclaró que nació en Pachuca. Se sabe que participó como pianista durante ciertas veladas literarias en el teatro Bartolomé de Medina de la capital hidalguense en 1904 y 1908. Gozó fama de gran improvisador al piano, además de pródigo cultivador de música de salón, ya que escribió y editó valses, danzas, mazurcas, pasodobles, schottisch, serenatas, marchas y hasta un ragtime-two step denominado Mexican Rag, que dedicó “a la simpática artista Enriqueta Fabregat”, quien fuera una conocida tiple cubana de operetas y zarzuelas de finales del Porfiriato.
También se consigna que recibió una beca económica de parte de Porfirio Díaz para completar sus estudios en Alemania, recurso que utilizó para ayudar a su familia, pues era menester para sostenerse. Tuvo una muerte trágica: había sido designado inspector de bandas musicales del ejército y su primer viaje de trabajo consistía en llevar un piano nuevo a Cuernavaca al jefe militar de la plaza, por lo que se embarcó en tren con su flamante uniforme militar, con tan mala suerte que cerca de la estación del Ajusco el tren fue interceptado por fuerzas zapatistas, mismo que asaltaron e incendiaron y al ver a nuestro personaje enfundado en su traje nuevo, lo creyeron “general de altas águilas” y lo acribillaron a balazos. Así, muerto a los 27 años, dejaba una viuda y dos hijas, Carmelita y Lupe.
Canción mixteca (1912/1915), José López Alavés. Huajuapan, 14 de julio de 1889 - Ciudad de México, 25 de octubre de 1974
Siendo niño aprendió a tocar el clarinete y a los once años participó en la banda de música su pueblo. En 1906 se trasladó a la ciudad de México y un año después logró entrar al Conservatorio Nacional para iniciar su carrera de piano, además de continuar con el clarinete, y con él obtiene un primer premio y diploma que le fue otorgado de manos del gral. Porfirio Díaz y Justo Sierra como parte de los festejos del centenario de la Independencia. Ganó también una pensión para habitar la Casa del Estudiante (ubicada en plaza del Carmen) y es aquí donde en 1912 compone la música de la Canción Mixteca.
En 1914 se
incorpora a las filas de la revolución en una banda de música y un año después,
a su paso por Querétaro en un momento de nostalgia, escribe la letra bajo la
arboleda de la alameda Hidalgo. Con ella triunfa en el Primer Concurso de
Canciones Mexicanas que convocó el periódico El Universal en 1918, obteniendo
de inmediato sonoro reconocimiento por todo el país. Ejerció su oficio musical
en la Capital tocando el piano en salas cinematográficas, bandas de música, con
su propia orquesta de baile y conjuntos corales, hasta su muerte acaecida en
Coyoacán en 1974.

Comentarios
Publicar un comentario