Alicia, ópera en dos actos, de Federico Ibarra

Alicia, ópera en dos actos, de Federico Ibarra 


De pronto las carcajadas inundaron el patio de butacas del Palacio de Bellas Artes. No, no las producía alguno de los memorables fiascos de la ópera en México, la Tosca que después de un suicidio trágico rebotó en la colchoneta de protección por culpa del sobrepeso de la soprano, o aquel pollo rostizado que emprendió el vuelo desde el escenario atado a una caña de pescar que halaba en el paso de gato un tramoyista con más hambre y astucia que sus compañeros tras bambalinas. No, el humor involuntario de los espectáculos del tercer mundo con pretensiones demasiado altas y presupuestos demasiado bajos brillaba por su ausencia. Al contrario, se trataba de una ópera mexicana llena de imaginación y talento, lejos de la pompa y pedantería que la mayoría de los adeptos veneran. En contra de su naturaleza, los espectadores más quisquillosos, habituados a reprimir el menor carraspeo, emitieron sin pudor una risa tras otra hasta apagar cualquier reducto de solemnidad en el teatro. Las caras largas se ensancharon con una perenne sonrisa.


¿De qué otra manera podían reaccionar al oír las lamentaciones de una tortuga condenada a la cocción (“quise ser una dama, muy conspicua y decente y estoy siempre en camino de la sopera hirviente”) entablando un melódico dueto con un grifo ansioso por comérsela (“la sopa de tortuga supera a la de papa, es la mejor del mundo y mucho más barata”)? ¿Cómo permanecer serio mientras un barítono disfrazado de oruga tilda de tonta a la heroína por no comprender lo incomprensible? Probablemente el público se sentiría como ella, confundido por un mundo alrevesado en el cual nada opera bajo las reglas convencionales, como si el telón fuera el espejo que al levantarse franqueara también el umbral del verdadero País de las Maravillas (México dista mucho de serlo); o tal vez, al igual que en los cuentos infantiles, traspasaran el puente entre la realidad y la ficción a través de un foso, el de la orquesta, auténtico nido de ensoñaciones. Por fortuna, al finalizar la alucinante función y superar el trance, los asistentes llegaron a la misma conclusión que la protagonista: “todos ganamos aunque ninguno salió al mismo tiempo, ni llegó a ningún lado, ni hay premios ni premiados.”

Desde su estreno, Alicia conquistó a propios y extraños, especialmente a éstos últimos, los raros, misántropos y desaprensivos, las personas inquietas e imaginativas capaces de sentirse identificadas por los personajes de una ópera atípica donde la intérprete principal nunca canta, el resto de los solistas entonan retruécanos absurdos y la trama carece de ilación. A esta historia la coherencia le estorba. El único mensaje que nos quiere ofrecer es una parábola sin sentido, como la vida. No hay moralejas ni metáforas. El goce franco consiste precisamente en introducirse en la experiencia onírica, aceptar la fantasía como cuando éramos niños, sin pretender hallarle una explicación. Y la música es el mejor vehículo para conseguirlo.

Es difícil describir los sonidos sin hablar de registros, ornamentos y amalgamas como si componer música fuera un oficio de contadores, modistos o dentistas. Sucede que cualquiera que haya ojeado una partitura sabe que el lenguaje filarmónico es mucho más vasto que el literario. Por eso es necesario apelar a un término propio de pintores para entender por qué resultan tan evocativas las melodías en Alicia: el color las quema. Ya sea con la delicadeza de un pincel o el trazo grueso de una brocha, las tonalidades que Federico Ibarra incorpora en la partitura encienden cada uno de los momentos con un barniz único y distintivo. El tema principal a cargo de la Reina de Corazones es quizá la frase más indeleble de todas las óperas mexicanas y cualquiera que haya escuchado a una soprano ordenando que le corten la cabeza a alguien, sabrá cuál es la divertida coda que remata la oración. No son menos ilustrativas las imágenes sonoras en el aria de la oruga (al compás de un acordeón, por supuesto) o el empleo del clavecín para acompañar los diálogos de la actriz en estilo recitativo secco, técnica en desuso prácticamente desde finales del siglo XVIII. Y es que Federico Ibarra, invisible y sonriente como el Gato de Cheshire, logra darle una personalidad propia a esta fábula surrealista por medio de un recurso tan efectivo como viejo: la parodia.


Las ocurrencias y situaciones más hilarantes de Alicia no sólo provienen del extraordinario libreto adaptado por José Ramón Enríquez, sino también del incesante humor musical de Ibarra, quien es capaz de infundirle armonía a un pájaro tartamudo o encontrar la cadencia en los gritos histéricos de una duquesa a punto de estornudar. Punto de inflexión que clarifica el mayor contraste entre esta obra y la única otra ópera de relevancia derivada de las novelas de Lewis Carroll, Alice in wonderland, de Unsuk Chin, alumna de Ligeti y aprendiz de algunas de las virtudes del famoso compositor húngaro, aunque el humor no fue una de ellas.

Existen muchos y sobrados motivos para explicar el éxito de la primera puesta en escena, pero pocos para comprender lo que sucedió a posteriori. Algo insólito: una ópera mexicana basada en los textos de un inglés victoriano, por ende lejos del nacionalismo que tantos pechos yergue, sorpresivamente era escenificada en el Palacio de Bellas Artes menos de una década después de su estreno. El cuento no acabó ahí, en 2008 hubo una nueva producción dentro del marco del Festival Internacional de Música de Morelia, lo cual convirtió a Alicia en el espectáculo operístico de mayor periodicidad en la tierra de los cactus y los nopales, a razón de uno por lustro. De continuar este ritmo frenético, estaríamos obligados a presenciar 18 reposiciones en lo que resta del siglo, y no faltará quien de plano sugiera repetirla cada año a la usanza del Cascanueces y el Lago de los cisnes, con motivo de la celebración del Día del Niño. La estadística equivale, por ejemplo, a casi una docena de producciones distintas de La mulata de córdoba (cifra muy remota de la actual), o que Atzimba, de Ricardo Castro, hubiese sido montada más de veinte veces en vez de padecer la indolencia de la burocracia cultural, cuando luego de su cuarta corrida se perdió para siempre la partitura del segundo acto.

La suerte de Alicia no será la misma salvo que otro meteorito caiga sobre México, cosa poco probable aunque en este país nunca se sabe. La grabación de esta obra esencial de la música mexicana no sólo la ampara de futuras desgracias, sino que permitirá también a los amantes de la buena música disfrutar cuantas veces quieran de un tropo de la lírica mexicana, en caso de que la frecuencia de reposiciones sea mucho menor, hasta que las carcajadas vuelvan a inundar el patio de butacas del Palacio de Bellas Artes.

Julián Robles

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